TRABAJO Y MENSTRUACIÓN

Hoy es un domingo cualquiera de este octubre raro.

Escribo, aprovechando que no tengo que teletrabajar, en el teclado de mi ordenador portátil HP del 2014. Le he enchufado un pequeño ventilador USB de propaganda que me da una brisita casi marítima.

Desde el 14 de marzo, día D, acampo en un cuarto de la casa de mi padre, en un pueblo a las afueras de Sevilla. Desde entonces, me paso los domingos escribiendo y tratando de entender lo rápido que ha cambiado mi vida y la de todas las que me rodean.

Hay un tema en concreto, que me caracolea la cabeza desde entonces:

¿Qué quieren hacer mis primos con su vida?

¿Con qué sueñan los alumnos de mi amigo Asier, profesor de francés?

¿Qué planes de futuro tienen las hermanas pequeñas de mis amigos del barrio?

En fin: ¿qué perspectivas de futuro tienen las y los jóvenes?

En un escenario en el que estar de prácticas hasta los 30 es normal; alquilarse un piso solo es un lujo y en el que el clima está en profunda crisis, ¿a qué aspira un adolescente de 16 años? ¿y una adolescente?

El panorama está crudo, pero más crudo para ellas que para ellos. ¿Por qué?

En el cuento que nos contaron nuestros padres y profesores, las personas mejor formadas disfrutarían de más oportunidades laborales; oportunidades más diversas y mejor remuneradas.

Ellas tienen, en todos los países industrializados, tasas más altas de éxito y mejores resultados académicos que ellos [1]. Y esto a pesar de que, en todas las regiones del mundo, Europa incluida, ellas estuvieron excluidas de la educación media y superior hasta hace bien poco.

¿Por qué entonces, si tienen una mejor formación, ellas cobran menos, tienen puestos de menor responsabilidad (segregación vertical) o son directamente excluidas de ciertos sectores (segregación horizontal)?

Las mujeres son mayoritarias en los sectores de la educación, salud, asistencia psicológica y social, cuidados y administración; con frecuencia sectores peor remunerados y peor considerados socialmente, mientras que los hombres ocupan en torno a tres cuartos de los puestos en industria, política o gestión [2].

¿Por qué?

Una de las explicaciones habituales de esta segregación horizontal y vertical se sustenta sobre la diferencia (media) en complexión corporal y masa muscular entre mujeres y hombres. Según esta tesis, esta diferencia en complexión corporal y masa muscular habría promovido la división sexual del trabajo en la prehistoria, creando un patrón que se habría repetido hasta nuestros días.

Sin embargo, hoy sabemos, que los restos humanos más antiguos hallados hasta la fecha, del paleolítico, no presentan diferencias significativas de talla o diámetro entre los sexos [3].

En realidad, con toda probabilidad, la diferencia de altura y complexión entre hombres y mujeres apareció posteriormente como resultado, no de una diferencia genética, sino de un aporte proteínico diferenciado por sexo durante milenios, como apunta la antropóloga francesa Priscille Touraille [4].

La constitución física más débil de la mujer es por lo tanto en parte la consecuencia y no la causa de su inferioridad social y en el mundo del trabajo.

¿De dónde proviene entonces esta continua desigualdad en lo laboral?

Y, ¿qué tiene que ver todo esto con la menstruación?

La filósofa Olivia Gazalé investiga sobre los orígenes históricos del sistema viriarcal [5] en el que vivimos, con el objetivo de reducirlo a su esencia última y desmontarlo pieza por pieza. 

Según la autora, el sistema viriarcal y la desigualdad que este provoca, se sustentan en la idea de que “la pérdida involuntaria e incontrolada de sangre, que caracteriza la condición femenina, se opone al control masculino del esperma: entre la pasividad femenina y la actividad masculina, la jerarquía es natural e infranqueable. El hombre es quien se gobierna” [6].

En esta línea de interpretación también discurre la antropóloga Françoise Héritier [7]. La autora, trata de sintetizar las percepciones que forjaron el sistema patriarcal: “los órganos genitales de la mujer se disponen hacia el interior, de lo que se puede deducir que está predispuesta a vivir confinada en el interior, a hacer trabajos de interior… Por el contrario, la orgullosa exterioridad del sexo masculino le destina naturalmente hacia el exterior, a los trabajos de exterior y la conquista de nuevos territorios”

Es a partir del neolítico cuando estas creencias comienzan a expandirse e impregnar las dinámicas sociales, según las autoras. El imaginario colectivo de la época se basaba en esta “jerarquía natural de los fluidos y órganos genitales” para justificar la jerarquía social.

Estas aberrantes ideas se consolidan más adelante a través de las penosas aportaciones de Aristóteles (“la mujer es mujer en virtud de cierta falta de cualidades”) y, posteriormente, Freud (y su tristemente famosa teoría de la “envidia de pene” femenina).

Olivia Gazalé resume el pensamiento de la época: “es una evidencia: el hombre se gobierna a sí mismo, es por lo que está naturalmente destinado a gobernar el mundo; mientras que la mujer, que se somete a sí misma, para quien su cuerpo es una carga, está naturalmente destinada a someterse, es decir, a obedecer y servir. ¿Cómo puede pretender la autodeterminación, cuando es prisionera de su servidumbre menstrual?” [6].

Las religiones monoteístas mayoritarias: el judaísmo, el cristianismo y el islam, han contribuido y reforzado esta visión hasta nuestros días.

Aún en la actualidad encontramos este tipo de estereotipos esencialistas en muchos ámbitos, incluyendo los recursos humanos y la evolución de carrera.

Pascaline Gaborit apunta cómo a día de hoy, se perpetúan estas ideas: “Al hombre, los estereotipos de género le otorgan cualidades derivadas de su naturaleza, tales como la ambición, la competitividad, el carisma, la audacia, la autoridad, la movilidad, o el gusto por el riesgo, que le dirigen naturalmente hacia puestos de gestión. La mujer se ve dotada de aptitudes naturales relacionadas con la afectividad y que la predisponen a ponerse al servicio de los demás. La paciencia, la escucha, la dulzura, la empatía, la atención le dirigen naturalmente hacia puestos de care work, es decir, el conjunto de profesiones menos remuneradas y menos valoradas que las actividades creadoras, y que consisten en cuidar de otros” [8].

Estos estereotipos se inculcan y refuerzan desde bien pequeños, como apunta la socióloga Marie Duru-Bellat que muestra cómo las correcciones que reciben los chicos en el colegio están más relacionadas con el contenido, el talento, la creatividad o la originalidad de sus trabajos, mientras que a las chicas se les señala su corrección, limpieza, orden y rigor [9].

Según Christian Baudelot y Roger Establet, las niñas son educadas en un uso más limitado del espacio, un control más estricto de las salidas y una orientación hacia aficiones más tranquilas [10].

Más adelante, en la adolescencia y juventud, el tratamiento diferenciado toma otro cariz, por medio del doble rasero. Mientras que la firmeza se aprecia en él, se desprecia en ella. La ambición es positiva en él, pero se tilda de codicia en ella. Él es hábil, pero ella, manipuladora. Él es serio; ella, aburrida [11].

No es de extrañar entonces que, “incluso cuando ellas son libres de elegir, y brillantes, se autolimitan mostrándose menos ambiciosas que sus colegas hombres y evitan asumir el coste psíquico que representaría el hacerse hueco en alguno de los sectores considerados masculinos” [6].

Como vemos, está todo por hacer.

Entiendo que quien lee estas palabras, quiere remar fuerte hacia adelante, como el que las escribe. Rememos todos fuerte para conseguir cambios profundos y duraderos en materia laboral y de género. Cada uno en nuestro ámbito y todos juntos. Cambios regulatorios, cambios en el sector privado, en la educación dentro y fuera de las aulas.

Un abrazo desde el sur.


[1] Daniel Voyer y Susan D.Voyer. Gender Differences in Scholastic Achievement: A Meta-Analysis

[2] Observatorio de las Ocupaciones. Informe del Mercado de Trabajo de las Mujeres Estatal. Datos 2017

[3] Robert Briffault The Mothers. The Matriarcal Theory of Social Origins

[4] Hommes grands, femmes petites: une évolution coûteuse

[5] Según la autora, el sistema actual es viriarcal más que patriarcal; porque el hombre tiene el poder, sea padre o no.

[6] Olivia Gazalé. Le Mythe de la virilité

[7] Hommes/femme. La construction de la différence

[8] Les Stéréotypes de genre. Identités, rôles sociaux et politiques publiques

[9] L’école des filles: quelle formation pour quels rôls sociaux?

[10] Allez les filles! Une révolution silencieuse

[11] Claudine Haroche. Anthropologie de la virilité

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